Thursday, July 27, 2006

Una presionada muerte egoísta

Esta mañana he despertado como todos los días.

Descubrí que no puedo respirar. Veo hacia el techo, y observo con horror que está posicionado peligrosamente sobre mí. Normalmente, el techo está sobre mí, así debe de ser, pero en esta ocasión, me aplasta.

Las paredes también se han cerrado sobre mí. Mi cuarto entero conspira para presionarme, aplastarme y cortarme la respiración y con ella, la vida misma.
Me resigno. Mientras espero a que mi cuarto termine de comprimirme pienso en todo lo que termina con mi vida.

Mi familia. ¿Pensarán en mí? No por un tiempo. No vivo con ellos y cuando quieran llamarme por teléfono y noten que nadie contesta, vendrán a buscarme y encontrarán mi cuerpo inerte.

Mis amigos. Hace mucho que no los tengo. Los pocos a los que puedo llamar así no viven cerca de mí.

Mis cosas... Ellas me van a extrañar. Mi cama no querrá que nadie más duerma sobre ella. Ella era mía y yo era suyo. Mi cocina ansiará que alguien cocine en ella, pero nadie más lo hará. Creo que mi casa entera me quiere tanto que se destruirá a sí misma antes de dejar que alguien que no sea yo la ocupe.

Mi carro huirá al despoblado y terminará sus días en un junk yard estadounidense, y cuando sea triturado, será vendido como chatarra, a un precio muy inferior al que realmente vale. Me da pena por él. Me gustaba ese carro.

Mi ropa. Creo que ni siquiera cosiderará la opción de ser subastada o de ser vendida en un bazar de caridad. Ni siquiera aceptará ser regalada. Es ropa muy cara, digna solamente de mí y estoy seguro que antes que estar en el cuerpo asqueroso de alguna otra persona, preferirá ser quemada y una vez calcinada, querrá que sus cenizas sean esparcidas a los cuatro vientos para que solamente aquéllos lo suficientemente merecedores de ello conozcan su historia y sepan que alguna vez vistió a la persona más fantástica que alguna vez existió sobre la faz de la tierra.

Mi perro.... Siento lástima por él. ¿Quién lo alimentará? Sé que no tiene el valor suficiente para suicidarse y es demasiado orgulloso como para tener otro dueño que no sea yo, así que creo que es él quien sufrirá más. Tendrá que vivir en la calle si tiene suerte. Si no, será llevado a un perrera municipal y si se apiadan de él, que espero que así sea, lo pondrán a dormir. Pobre animal.

Mi celular, diseñado exclusivamente para mí, muere conmigo, pues lo tengo aquí a mi lado. Siempre fiel, me acompañó hasta el último momento. Es irónico que su último momento haya coincidido con el mío.

Mi negocio. Es lo único que dejará de ser mío. Estoy seguro que en cuanto se sepa de mi muerte, el trepador social que tengo como vicepresidente usurpará mi lugar de presidente y dueño y se quedará con todas las acciones del mismo, para beneficio suyo y detrimento mío.

Creo que todo llega al final. ¿Por qué las cosas buenas de la vida tenemos que acabar? ¿Por qué se queda en el mundo la escoria de la humanidad y esos seres nefastos que no merecen vivir? ¿Por qué las personas ejemplares y perfectas como yo tienen que dar paso a una subhumanidad? Creo que nunca lo sabré.

Escucho mis huesos crujiendo. Mi cabeza me duele mucho. Muchísimo. Es el dolor más intenso que he sentido en mi vida. Ir al doctor no se compara con ésto. Dolor. Dolor, mucho dolor. Oigo como mi celular cede ante la inmensa presión sólida y expira, sonando una última vez. Una llamada que no contestaré jamás. Más dolor. Siento como mi osamenta se rompe casi sin esfuerzo. Dolor. Dolor, mucho dolor. Nada.

Creo que ya he muerto. Ya no siento nada. No siento mi cuerpo, no siento mi cuarto, no me siento a mí. Comienzo a tener una sensación de que estoy volando. Sí. Vuelo, pero desconozco mi destino. Todo está oscuro. Ya no pienso en lo que dejé atrás. No dejé nada. Mi ser, mi espíritu, mi esencia, mi yo, mi todo, mis cosas. Todo abandonó el mundo al mismo tiempo que yo. Qué irónico. Quería permanecer en el mundo y en el momento de mi muerte saqué de él todo lo que pudiera recordarme.

Veo una luz tenue allá a lo lejos. Se hace más brillante conforme avanzo hacia ella. Es una gran luz blanca. Incandescente. Brilla fuertemente y sin embargo no me afecta en lo más mínimo. No despide ni frío ni calor, simplemente luce. La veo, mas es como si no viera nada. Fuera de ella no hay nada, sólo oscuridad y dentro de ella no hay nada tampoco. Por lo menos no todavía.

He llegado a ella finalmente. Atraviesa un espacioso túnel. Entro en él y escucho una voz que dice que las cosas más preciadas para mí están dentro del mismo y que siempre las tendré y ellas me recordarán incondicionalmente.

Espero ver en el túnel a mi casa, a mi perro, mi celular, mi cama, mi negocio, mi carro y mi ropa. Pero no veo nada de eso. Puedo ver a mi familia, a mis amigos, que lloran mi muerte y que sin embargo son felices por lo que vivieron conmigo. Puedo ver todas las cosas buenas que hice, y que nunca consideré como mías, o como buenas o que simplemente no consideré nunca.

Comprendo que pude haber hecho más si no hubiera sido tan egoísta, si no hubiera pensado solamente en mí, si no me hubiera concentrado tanto en mis cosas. Pero ya es tarde, pues he muerto. Creo que ahora me concentraré en nada más.

Son las 10 de la mañana. Despierto en mi cama y me doy cuenta de que estoy vivo, todo ha sido un sueño. Miro a mi alrededor y veo que todo está en su lugar.

Mi ropa está debidamente ordenada por telas, colores, marca y tipo de ropa en mi walk in closet.

Mi fiel celular, a mi lado, como siempre. Suena. No voy a contestar. Es el estúpido vicepresidente de mi negocio, queriendo saber si voy a ir a trabajar. Sigo siendo el dueño y presidente de la mejor agencia de publicidad del mundo.

Mi perro. Mi elegante y hermoso perro, a los pies de mi cama, como siempre.

Mi envidiable casa sigue en pie y permanecerá así hasta el día en que yo muera.

Mi cama sigue abajo de mí. Tan cómoda y limpia mi cama. Me alegra no haber muerto. Así puedo seguir durmiendo en ella.

Me levanto y veo por la ventana. Mi carro sigue estacionado fuera de mi casa. Lo acaban de lavar y se ve exageradamente seductor. Me dan ganas de manejar hasta el trabajo.

Con todas estas cosas buenas, siendo tan perfecto, sonrío.

La vida, mi vida, es perfecta. Soy la prueba viviente de que Dios existe. Soy la prueba de que la humanidad puede ser perfecta, de que esos seres raros y malolientes son solamente una subespecie humana, no son humanos, como yo. Humanos quedamos muy pocos en el mundo. Los pocos que todavía estamos debemos ser perfectos y dar ejemplo de nuestra perfección. Como lo hago yo.

Bajo a hacer el desayuno en mi limpia y hermosa cocina, que se alegra de verme.

Vuelvo a sonreir.

Un día más ha comenzado.